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Orar en un mundo sufriente

Orar es una de las acciones que caracterizan al hombre religioso. Surge cuando el creyente desea vivir su existencia iluminado y guiado por la gracia divina. En las diversas tradiciones religiosas la experiencia oracional ha estado siempre presente: ya sea como meditación de la condición humana habitada por el misterio o como relación personal e intima con el ser divino.

Por una parte, la oración es acción humana, apertura creativa y libre de una persona que se aventura y presta a dialogar con el misterio; y por otra, es, al mismo tiempo, una acción divina; es el espacio de la manifestación de Dios en nuestra historia.  Toda persona tiene la condición y la posibilidad de estar “abierto a lo trascendente”, es decir, ser un “oyente de la Palabra” (Rahner). Esta configuración de su propia naturaleza le permite dar una respuesta de fe -si así lo decide en libertad- a la autocomunicación de Dios en Jesucristo.

La oración es encuentro; es relación interpersonal con Dios, que tal como se ha revelado, es alguien que sale de sí mismo para encarnarse en la historia y hacer alianza con cada uno de nosotros. Cuando oramos, no podemos extraernos de lo que somos, de nuestra historia y de la realidad que vivimos. Todo acto humano tiene una raíz psíquica (consciente e inconsciente), afectada por la contingencia cotidiana y por las huellas que han dejando en nosotros los principales vínculos que han ido construyendo nuestra biografía. Más aún, nos damos cuenta de que la situación social, en todos sus ámbitos, interviene e influye en lo que se teje en nuestra interioridad.

Nuestra antropología cristiana nos ayuda a comprender que oramos esta realidad, no sólo con nuestra mente, sino que también con nuestro cuerpo y nuestra afectividad. Nuestra alma o, dicho con otras palabras, nuestra interioridad, se conmueve con lo que nuestros sentidos espirituales captan (ver, escuchar, gustar, tocar) y se angustia o pacifica con los procesos psíquicos (recordar, imaginar, reflexionar, analizar) que están siempre trabajando en nosotros.

Hay una fuerte tendencia en nuestra cultura occidental a racionalizar nuestra experiencia espiritual, olvidando la enseñanza de toda la tradición mística, que no negaba ni reprimía, las emociones y sentimientos que se suscitaban en el encuentro personal con Dios. Por otra parte, somos herederos de un dualismo que ha dificultado la integración del alma y el cuerpo (Cf. GS 14), generando una dicotomía permanente entre: Dios y mundo, fe y vida, humano y espiritual, natural y sobrenatural.

Los conceptos teológicos y antropológicos que solemos usar, pueden tener diversas comprensiones, y como todo discurso sobre el misterio divino y humano, sus límites y complejidades. Pero esto no nos impide el poder decir algo y ayudar a vivir e interpretar nuestra experiencia de Dios.

Hoy nuestra mente está llena de ideas y reflexiones influenciadas por el momento que vivimos. Algunos hemos pensado qué pasaría si enfermamos; qué ocurría si nuestros familiares se contagian y fallecen, incluso, en algunos momentos, nos hemos planteado cómo nos prepararíamos para nuestra propia muerte. Nos imaginamos cómo están viviendo aquellos que han perdido el trabajo o cuya vida se ha precarizado. A veces emitimos juicios sobre las conductas y actitudes de los hermanas y hermanos cercanos o criticamos cómo las autoridades en sus diversos cargos enfrentan esta pandemia. Por otra parte, nos preguntamos qué podemos hacer para ir en ayuda de los necesitados y qué ocurrirá con nosotros y nuestras actividades luego de la pandemia.

Se hace entonces necesario ordenar y distinguir los pensamientos entre aquellos que son más irracionales de aquellos más racionales y que se fundan en el principio de realidad; sobre todo, examinamos aquellos pensamientos que están en comunión con la enseñanza y el modo de actuar del Señor y aquellos que tienden a razonar como lo hacían los fariseos y maestros de la ley. Estos últimos se sentían mejores que los demás, dueños de la verdad y no necesitaban de conversión. Jesús los llama hipócritas, porque no viven lo que predican.

Cuando oraban querían ser vistos y adulados y, lo peor, colocaban cargas encima de los hombros de los otros, que ni siquiera ellos podían soportar. (Cf. Lc 18, 9-14; Mt, 6,5; 23, 4).

Ante estas estas ideas que vienen a nuestra mente, le decimos al Señor como el salmista: <<Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón; ponme a prueba y sondea mis pensamientos. Fíjate si voy por mal camino, y guíame por el camino eterno>> (Sal 138, 23-24)

Estos pensamientos generan en nosotros emociones y sentimientos agradables y desagradables. Sabemos que estas realidades son amorales y no debe ser juzgadas como malas o buenas. Existen, se producen y afloran, la gran mayoría de las veces, sin tener dominio sobre ellas. 

No todas las personas han sido educadas en esta dimensión. No es poco frecuente encontrar a creyentes que consideran que la dimensión afectiva es algo secundario, pasajero y poco importante.  Además de olvidar toda la tradición bíblica y espiritual de la Iglesia, en donde se revela un Dios que es puro amor y misericordia, les cuesta y tienen miedo de reconocer que los afectos son lo más propio y original de su ser.

Cuando tomamos contacto con la Palabra del Señor, ella suscita en nosotros diversas mociones interiores. No solo pensamientos, sino que también sentimientos y deseos que nos mueven hacia diversos caminos para poder vivirla y practicarla. <<Porque la palabra de Dios tiene vida y poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos, y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; y somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón>> (Hb 4,12)

En este período de pandemia, nos ayuda el poder expresar los sentimientos que se suscitan con nuestros pensamientos. Es bueno dialogar con el Señor y contarle lo que sentimos: miedos, angustias, cansancios, tensiones internas, tristezas, rabias y todo aquellos que vivenciamos. Él nos invita a no tener miedo (Mt 14,27), a alivianar nuestras cargas y dolores (Mt 11, 28) confiando en que Él nos acompaña y nos muestra el camino de la salvación. Al escuchar su Palabra nos sentimos llamados a seguir comprometidos con su misión, a anunciar su Buena noticia y colaborar en erradicar toda forma de exclusión, aliviando el sufrimiento de los que son prójimos a nosotros.

Oramos también desde nuestra corporalidad. El “cuerpo” (gr. σὠμα) denota habitualmente en el nuevo testamento al ser humano en su totalidad. No se habla de que el hombre “tiene cuerpo”, sino que “es cuerpo”; es decir, es la persona humana en cuanto capaz de acción y de relación. El “cuerpo” de Jesús es, por tanto, Jesús mismo. “Su cuerpo” es decir, su persona, es el nuevo santuario que sustituye al antiguo (Jn 2,21). También nosotros, que somos templos del Espíritu Santo (1 Cor 6,19-20), somos exhortados a honrar, con nuestro cuerpo, a Dios.

Nuestra corporalidad no es entonces sólo una estructura física o un organismo pluricelular que forman diversos tejidos, órganos y sistemas. Nuestro cuerpo es también nuestra identidad y nuestro modo de estar en el mundo y en relación con Dios y con los demás.

Ante el Señor, en los espacios de oración, nuestro cuerpo con su disposición, la postura y las sensaciones experimentadas se dispone a acoger su gracia y participar de la vida divina. Nuestro cuerpo también habla, y cuando tomamos contacto con la Palabra, percibe lo que ella provoca y suscita. A veces pacifica y hace descansar nuestro ser; en otros momentos esa voz nos interpela, cuestiona e incomoda.

Al celebrar como Pueblo de Dios la Eucaristía estamos uniéndonos al cuerpo y sangre del Señor, es decir, a todo el ser de Jesucristo y a su identidad humano-divina para alimentarnos de su vida y de su Palabra.  Como en un Templo, el Espíritu habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles para invitarnos a la comunión con todo el cuerpo eclesial, cuya cabeza es Cristo, y enviarnos a colaborar con la misión de la Iglesia.

Hoy hay hermanos y hermanas que sufren en su cuerpo. Están sufriendo en los hospitales por el virus del COVID-19, en sus casas por la falta de alimentos debido a la pérdida del trabajo, o sufren por la violencia intrafamiliar que padecen especialmente los niños y las mujeres. Ese cuerpo doliente clama al Señor pidiéndole que sea compasivo y misericordioso; reza para que la pandemia social se supere con la solidaridad de todos y ruega para que, de verdad, actuemos tratándonos entre nosotros con el respeto que merece nuestra dignidad de hijos e hijas de Dios.

Que nuestra oración en tiempos de sufrimiento nos ayude a descubrir que el Señor nos salva en cada acontecimiento que vivimos. Y que nuestra plegaria nos impulse a estar al lado de los que sufren en su cuerpo y en su espíritu.