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Vino nuevo en odres nuevos. El futuro de la vida religiosa

La vida religiosa a partir de Vaticano II ha vivido cambios muy profundos, iniciándose un proceso permanente de búsqueda, adaptación y renovación de las estructuras, estilos de vida, opciones pastorales  y nuevos modos de relacionarse con la cultura y la sociedad de cada tiempo. La Iglesia pidió a la vida consagrada una accomodata renovatio en conformidad con la nueva época que estaba naciendo.

                Por una parte, han sido años muy fructíferos y fecundos. Se ha pasado de un modelo centrado en las normas y costumbres, tendiendo a considerar que solo el cumplimiento nos llevaría a la santidad, a un modelo centrado en la persona, en su propio discernimiento, pero interdependiente de la comunidad y de los proyectos congregacionales. Este proceso postconciliar ha suscitado nuevas inserciones y modos de vivir la consagración, más significativas para el pueblo de Dios y más coherentes con la enseñanza evangélica.

                Sin embargo, no han sido un tiempo fácil para asumir estos desafíos. Este camino ha provocado tensión al interior de las comunidades cuando se encuentran aquellos que desean estos cambios y otros que se oponían y manifestaban la necesidad de mantener la tradición y las costumbres adquiridas. Sin duda que todo aquello que implique conversión, transformación y renovación nos puede atemorizar, ayer, hoy siempre.

                La lógica y novedad de Jesús es aspirar a una vida de libertad que no nos ata obligatoriamente a formas, medios y leyes, que en un momento de la historia pueden ser significativos, pero que en otro ya no ayudan a expresar los ideales evangélicos. En nuestro contexto, esta búsqueda debe hacerse comunitariamente y requiere de una recta conciencia para buscar en verdad lo que Dios le pida a la vida religiosa, evitando dejarse engañar por motivaciones inconscientes, que, bajo la apariencia de ser deseos santos, esconden falsas seguridades, protagonismos narcisistas, conquistas egocéntricas de espacios de poder y posturas cómodas y burguesas.

                Esta perspectiva va en consonancia con lo planteado en el documento elaborado por la CIVCSVA   y publicado en marzo de 2017 titulado, Para vino nuevo odres nuevos. La vida consagrada desde el Concilio Vaticano II: retos aún abiertos”. Este documento refleja muy bien la realidad que vive hoy la vida religiosa en diversos contextos culturales y abarca diversos temas fundamentales para su futuro y pertinencia para la sociedad de hoy.

                Una constante del contexto de la vida consagrada es que las congregaciones e institutos gastan sus energías en responder a las emergencias contingentes y en enfrentar las problemáticas puntuales y son incapaces de intentar plantearse nuevos horizontes. Están replegadas sobre la gestión de lo cotidiano, en un ejercicio de supervivencia y obstaculizadas para mirar el futuro con valentía y audacia, disminuyendo así la fuerza profética.

Hay dos preguntas muy precisas que el documento plantea a la vida consagrada:

-                     La primera tiene que ver con “la armonía y coherencia entre las estructuras, los organismos, los roles, los estilos existentes desde hace tiempo y los que han sido introducidos en estos años para responder al mandato conciliar”. (PC 2-4)

-                     La segunda lleva a considerar si los elementos de mediación presentes hoy en la vida consagrada están en condiciones de acoger las novedades más evidentes y sostener -según la metáfora del vino nuevo que fermenta y bulle- su necesaria transición hacia la total estabilidad. (Para vino nuevo…, 9)

Debemos reconocer sinceramente que, a pesar de toda una serie de cambios, el viejo sistema institucional tiene dificultad en ceder el paso, de forma decidida, a modelos nuevos, “acostumbrados al gusto del vino añejo y tranquilizados, por modalidades ya experimentadas, falta disponibilidad ante cualquier cambio, excepto ante los sustancialmente irrelevantes”. (9)

¿A qué invita este documento a la vida consagrada?

-                     A tomar conciencia de la necesidad de un nuevo impulso de santidad para los consagrados y las consagradas, impensable sin un arranque de renovada pasión por el Evangelio al servicio del Reino.  No basta la adhesión puramente formal, se requiere la necesaria conversión del corazón. (10)

-                     A generar espacios fraternos auténticos donde los jóvenes se sientan invitados a formar parte de un proyecto comunitario y donde exista coherencia entre lo que se propone y lo que se vive. (12)

-                     A cuidar los procesos formativos iniciales. Muchos de ellos no llegan a tocar el corazón de las personas y a transformarlas realmente; a veces a causa de pedagogías obsoletas y otras, debido a la falta de disponibilidad para dejarse formar de los candidatos. Una formación centrada en lo académico, y no en la integralidad de la persona, genera en los jóvenes un estado de fragilidad, tanto de las convicciones existenciales como de su camino de fe. Esto lleva a una estabilidad psicológica y espiritualidad mínima. Existe aún dificultad para integrar la visión teológica y antropológica a la hora de concebir la formación y cuidar así el crecimiento armónico entre la dimensión humana y espiritual (12.14).

-                     A instituir una cultura de la formación permanente. De esta cultura deberían formar parte no solo el enunciado de conceptos teóricos, sino también la capacidad de revisar y comprobar la vivencia concreta en las comunidades.

-                     A recuperar la misión de la mujer consagrada en la Iglesia, especialmente de aquellas que “que han sido marginadas de la vida, de la pastoral y de la misión de la Iglesia”. Como ha corroborado san Juan Pablo II y repite a menudo el papa Francisco: “Es legítimo que la mujer consagrada aspire a ver reconocida más claramente su identidad, su capacidad, su misión y su responsabilidad, tanto en la conciencia eclesial como en la vida cotidiana”. (17. VC 57).

-                     Invita a los que ejercen algún nivel de autoridad a ejercerla de manera horizontal, sin privilegios ni autoritarismos; se invita a vivirla colegiadamente sin suplantar la necesaria subsidiariedad. Se observa el fenómeno de superiores a quienes solo les preocupa mantener el status quo, aquel “siempre se ha hecho así”. La invitación del papa Francisco «a ser audaces y creativos [...] a repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos» (EG 33) es asimismo válida para los organismos y la praxis de gobierno. (19)

-                     Llama a evitar la tendencia a la clericalización de la vida consagrada, siendo uno de los fenómenos más evidentes la crisis numérica de los institutos religiosos laicales; sigue estando abierta la reflexión teológica y eclesiología acerca de la figura y de la función del religioso-presbítero sobre todo cuando acepta un servicio pastoral. (23).

-                     A gestionar los recursos económicos, como bienes de la Iglesia, participando de las mismas finalidades en la manera evangélica de la promoción de la persona humana, de la misión, de la puesta en común solidaria y caritativa con el pueblo de Dios. (28)

-                     A que la brecha intergeneracional, el interculturalismo, la multiculturalidad y la interculturalidad que caracterizan cada vez más a los institutos de vida consagrada de lugares de fatiga pueden convertirse en ámbitos de desafío y de futuro, a partir de un verdadero diálogo comunitario hecho en un clima cordial y según la caridad de Cristo. (33)

                Finalmente es de esperar, que la vida consagrada beba y ofrezca a la Iglesia un vino nuevo, denso y sabroso, fruto de procesos de conversión y renovación, que siempre requerirán que los religiosos se mantengan unidos a la vid verdadera que es Cristo, muerto y resucitado.